En el tablero de la geopolítica global, las prisas suelen ser síntoma de debilidad. Mientras Washington lidia con la urgencia de la crisis en el Estrecho de Ormuz, Beijing ha decidido que su mejor movimiento es, precisamente, esperar. El reciente retraso de cinco a seis semanas solicitado por el presidente Donald Trump para su cumbre con Xi Jinping no es un desaire para China; es una oportunidad de oro para consolidar su posición.
Para un líder ejecutivo, la lección es clara: en una negociación de alto nivel, el tiempo no es solo un recurso, es una palanca de presión. China no tiene incentivos para rescatar a EE. UU. en sus crisis actuales, y cada día de demora le permite llegar a la mesa con una mano más fuerte.




