La ciudad de Zhuhai, conectada a Hong Kong por el puente marítimo más largo del mundo, se ha convertido en un símbolo inesperado de la fragilidad energética. Mientras los turistas cruzan hacia parques temáticos, miles de automovilistas realizan el trayecto por una razón más pragmática: llenar sus tanques con gasolina subsidiada por el Estado.
En un contexto donde la guerra en Irán ha bloqueado el Estrecho de Ormuz y disparado los precios globales, China intenta desesperadamente blindar a sus ciudadanos y a su industria. Sin embargo, detrás de las fórmulas de precios suavizados y las prohibiciones de exportación, se esconde una realidad incómoda: ni siquiera la segunda potencia mundial puede escapar por completo de un shock energético de gran escala. Para cualquier líder ejecutivo, el caso de China ofrece una clase maestra sobre la gestión de riesgos en cadenas de suministro ultra-dependientes.




