Sabor amargo

Quedó un sabor amargo, luego de haber escuchado el 3er Informe de Gobierno del presidente Peña Nieto. Las medias verdades y escenarios irreales plagaron las líneas leídas por el mandatario, luego de haber presentado un reporte del estado de la República que poco tuvo que ver con la realidad que está viviendo la casi totalidad del país.

La típica autocomplacencia de regímenes anteriores del priismo prevaleció en el ambiente festivo creado en un entorno artificialmente construido en los actos públicos a los que el presidente ya nos tiene acostumbrados.

La sagaz estrategia utilizada al principio de su intervención fue atinada, al reconocer la molestia que nos ha provocado a los ciudadanos, presuntos actos de conflicto de interés que han llegado hasta el ámbito personal de su primer círculo… Hasta ahí bien, sólo faltó el remate de medidas correctivas que pudieron haber derivado en acciones que condujeran a consecuencias que pasaran por penas naturales contempladas en un marco de ley.

Una vez aplicada la vacuna de la retórica, nadie puede decir que el presidente no ha abordado públicamente los casos que pesan sobre su prestigio, el de su esposa y su más allegado colaborador -el Secretario de Hacienda- aunque el tratamiento público no haya llegado al detalle y menos a la asunción de algún tipo de responsabilidad por los hechos.

Sabor amargo nos dejó el Informe cuando reitera que condiciones externas son las culpables de la situación de nuestra lenta economía. Apelar al necesario paso del tiempo para que maduren las medidas tomadas con las reformas emprendidas por su gobierno y a que nos acostumbremos a que las nuevas estrategias formen parte de la serie de virtudes que “una vez asimiladas por la sociedad” le darán el dinamismo deseado.

Sabor amargo, cuando nos “vende” el argumento de que ya no habrá más aumento de impuestos, cuando éstos llegan hasta el tope de lo que soportan personas físicas y morales que sienten la presión de un SAT que está más pendiente de la recaudación, a la viabilidad misma del negocio emprendido o al estado de salud del modelo de negocio que en el sector privado está más en la dinámica de sobrevivir antes que crecer.

Sabor amargo si se nos argumenta que ya no hay aumentos programados en la venta de gasolinas y diesel, mientras que los refinados mantienen precios de venta, 30 y hasta 40% más caros de los de Estados Unidos, apartándonos de mantener un nivel competitivo contra la economía hacia la que debemos mantener nuestros márgenes comparativos.

Sabor amargo al insistir que el desempleo en el país es del 4.4% de la población económicamente activa -como si estuviéramos en Austria- en lo que el sector informal es de más del 60% de la proporción de los empleados.

Sabor amargo al no mencionar una devaluación del 33.5% en la paridad del peso contra el dólar en lo que va de su administración, en lo que toma de manera natural y hasta sana su estrepitosa caída.

Sabor amargo luego de tanta corrupción. El cobro de comisiones en los negocios generados por el gasto gubernamental y la corrosión de un sistema político entre los servidores públicos al punto en el que se les fuga un reo como Joaquín Guzmán Loera y ni siquiera lo menciona por su nombre. Su huida no hubiera sido posible sin la complacencia y colusión de altas autoridades gubernamentales. Todo esto, sin consecuencia para la cabeza de la estructura que lo debió haber mantenido preso y neutralizado en un penal de “alta seguridad”.

Y el más intenso sabor amargo nos lo deja un líder nacional insensible que sigue sin reflejar la certeza de tener un plan de gobierno que lleve al país a un puerto seguro hasta el 18.

La sensación que nos dio a los mexicanos es que Peña Nieto sabe que los siguientes escenarios serán peores en el 2016, sin que haya una toma de conciencia que nos vaya preparando ante la inminente adversidad.

Estamos lejos de un ánimo de confianza mutua entre gobernantes y gobernados. Las condiciones reales de las familias mexicanas se han deteriorado de manera pronunciada en los últimos años. La sensación de vulnerabilidad que sentimos es latente y creciente. No se percibe una ruta de progreso; sólo un enorme apetito por el poder, control absoluto y una evidente falta a nuestras garantías ciudadanas.

Me comentan todos sobre el tiempo que falta para que llegue a su fin este sexenio… y la cuenta regresiva es la única buena noticia que puede documentar nuestra renovada esperanza.

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