Lo de las casas pudrió tantas cosas

EXCÉLSIOR / LEO ZUCKERMANN

Los lectores de esta columna saben que siempre he estado a favor de las reformas que, finalmente, se aprobaron durante este sexenio. El país llevaba mucho tiempo paralizado sin poder avanzar en el terreno económico. Pero gracias a una eficaz operación política del gobierno de Peña con las oposiciones de derecha (PAN) e izquierda (PRD) se firmó el Pacto por México que, contra el escepticismo de muchos (incluyéndome), permitió que salieran las anheladas reformas. En este sentido yo debí haber votado este domingo por un PRI que demostró ser reformista y eficaz. No lo hice por la revelación de las casas del grupo gobernante.

En noviembre quedó claro que este gobierno no había entendido la lección de otro gobierno reformista: el de Salinas. Si algo quedó claro durante ese sexenio es que son incompatibles el reformismo con la corrupción. Un gobierno que reforma es un gobierno que afecta intereses muy poderosos. Intereses que no sólo van a tratar de vengarse por haber trastocado el statu quo que los beneficiaba, sino que tienen incentivos para desprestigiar y debilitar al gobierno que implementará las reformas. En este sentido, hurgarán para descubrir los puntos débiles del gobierno. Y si encuentran posibles casos de corrupción, los filtrarán para golpear a los reformistas.

Es increíble que Peña y su equipo no hayan entendido esto y hayan dejado tantos flancos abiertos. Casos sospechosísimos como el de la Casa Blancaque el grupo constructor Higa “le financió” a la primera dama, o la otra casa de las Lomas que Higa “le prestó” a Peña para que ahí viviera durante la campaña presidencial, o la que Higa “le financió” al secretario de Hacienda en Malinalco, o la que el entonces gobernador Peña “le compró” a Grupo San Román en Ixtapan de la Sal, o las dos que el secretario de Gobernación “le rentó” al constructor hidalguense Sosa Velasco, o la mansión que se está construyendo el subsecretario de Gobernación en las Lomas. A todo eso, súmese los escándalos de otro grupo constructor muy allegado a los gobiernos de Peña, OHL, que según grabaciones (ilegales), habría defraudado al gobierno y sobornado a funcionarios públicos.

Yo, después de estas revelaciones, no podía votar por el PRI por más reformista que fuera. No podía premiar a aquellos que no entendieron la lección de Salinas y que, con sus errores, han puesto en peligro las reformas que tanto trabajo costaron.

Pero, cuando estallaron los escándalos de las casas, lo increíble es que ni el PAN ni el PRD se hayan deslindado del gobierno de Peña para, de acuerdo al libro de texto de la democracia, ganar votos criticando a un gobierno bajo sospecha de corrupción. Increíblemente se quedaron callados. ¿Por qué?

Hace unas semanas, en medio de las campañas, organicé una mesa de debate con legisladores del PAN, PRI y PRD. Cuando el panista sacó el tema de las casas, el priista procedió a atacarlo por la Estela de Luz y los moches en el Congreso. El perredista intervino para decir que ahí estaba la prueba de los gobiernos corruptos del PAN y del PRI. Entonces le recordaron al del PRD lo de Iguala y la Línea 12 del Metro. Al final, cada uno optó por “quedarse con su golpe” y cambiaron de tema.

Pues bien, este domingo los electores le cobraron al PAN y al PRD su silencio frente a las sospechosas casas del gobierno de Peña. Paradójicamente les fue peor que al PRI. Resultaron los dos grandes perdedores de las elecciones.

En mayo de 2013 el Pacto por México se andaba tambaleando por unas grabaciones (ilegales) que demostraban que el PRI estaba haciendo trampas en la elección de Veracruz. Fue entonces que el dirigente nacional del PAN presentó su visión de cuál debería ser el papel de la oposición con respecto al gobierno de Peña: colaborar, competir y denunciar al mismo tiempo. Una visión de malabarista de platos chinos, de esos que dejan girando al mismo tiempo varios platos sobre un pequeño bastón. El reto para Gustavo Maderoera que ninguno se le cayera. Pues sí se le derrumbaron los platos de la denuncia y, por tanto, de la competencia. A él y al grupo de Los Chuchos en el PRD. Ambos no supieron cómo separarse del gobierno de Peña y, miedosos de que los atacaran por su propio bagaje de corrupción, se vieron pusilánimes y timoratos en lugar de verdaderos opositores. Al igual que Peñay su equipo no supieron qué hacer frente a las malditas casas que tantas cosas pudrieron en la política nacional.