La ejecución de Maximiliano en Rusia

EXCÉLSIOR / LEO ZUCKERMANN

“Esto me parece muy familiar”, pensé. “Qué raro, ¿qué es esto?”. Me acerqué al cuadro en la sección de pintura europea del siglo XIX del Museo Hermitage en San Petersburgo, Rusia. Después de unos segundos de observar el enorme óleo sobre tela de dos por tres metros entendí que se trataba de una obra de arte sobre Maximiliano. Un cuadro interesantísimo, de gran realismo, que captura el dramatismo de los últimos minutos de la vida del príncipe de la casa de los Habsburgo.

Pintado por Jean-Paul Laurens, la obra se titula El Emperador Maximiliano de México antes de ser fusilado. En el cuadro aparece el gobernante europeo, alto, de tez muy blanca, casi transparente, de cabello rubio, corto, con profundas entradas, pero con una barba muy larga, partida en dos a la usanza de la época, de color casi pelirrojo. Es muy temprano por la mañana. La luz del 19 de junio de 1867 entra por la puerta donde se encuentra un charro mexicano con un documento que seguramente es la orden de fusilamiento del presidente Juárez. Viene porMaximiliano para llevarlo al Cerro de las Campanas. Atrás del charro se alcanza a ver un soldado de la República. El emperador se encuentra con dos personas. A su izquierda, un hombre está arrodillado como pidiéndole perdón. A su derecha está un sacerdote que se tapa la cara en señal de vergüenza y desconsuelo.Maximiliano tiene su brazo puesto en el hombro del clérigo como para tranquilizarlo, cuando debía ser al revés. Es, seguramente, el padre Soria, confesor del emperador.

Me quedé como hipnotizado viendo esta obra por varios minutos. Su realismo me resultó apabullante. Yo no tenía idea de la existencia de este cuadro, mucho menos que me lo encontraría en la lejana Rusia. Sabía, eso sí, que la ejecución de Maximiliano había cimbrado a Europa y que varios artistas habían tratado de capturar el trágico desenlace del segundo imperio mexicano. Pero no había oído de la genial obra de Jean-Paul Laurens.

Cautivado por el cuadro, me puse a investigar. Encontré que Laurens había sido uno de los artistas paradigmáticos de la pintura francesa del siglo XIX. Era anticlerical y republicano. “Sus obras a menudo trataban sobre temas religiosos e históricos a través de los cuales buscó mandar un mensaje de oposición a la opresión monárquica y clerical”. En su momento se le consideró como un gran maestro, pero los historiadores del arte lo consideraron como formal y didáctico. Puedo entender por qué y, en lo personal, no me parece un problema. Al revés. En la pintura de Maximiliano, su rostro, por ejemplo, es de un realismo desgarrador. En la blanquísima piel de su sien izquierda se observa cómo le salta una vena. El austriaco tiene los ojos semicerrados como pidiéndole fortaleza a su confesor. Muy cerca, en la puerta, los observa el charro que lo llevará al paredón con un rostro moreno adusto, clásico de un mestizo mexicano. La composición es perfecta.

No me hubiera sorprendido el haberme encontrado esta pintura en París o Viena. Al fin y al cabo, Maximiliano llegó a México gracias a los franceses y venía de la Casa de Austria. Pero sí me sorprendió verla en un lugar tan lejano como San Petersburgo. ¿Cómo llegó ahí?

En el museo del Hermitage, la ficha del cuadro decía que antes había pertenecido a la colección de S.M. Tretyakov de Moscú. Una vez más, me puse a investigar. Resulta que Sergei (Sergio) y su hermano Pavel (Pablo) fueron “dos de los grandes coleccionistas de pinturas en la historia de Rusia” durante la segunda mitad del siglo XIX. Se especializaron en artistas rusos como Alexey Bogolyubov, Vasili Vereshchagin, Ivan Kramskoy, Arkhip Kuindzhi y europeos como Jacques-Louis David, Gustave Courbet, Théodore Rousseau, Anton Mauve, Baldomero Galofré Jiménez y el propio Jean-Paul Laurens. Vivían en Moscú donde el nombre Tretyakov se convirtió en “sinónimo de las artes finas de Rusia”. El Hermitage adquirió el cuadro sobre Maximiliano en 1948 de acuerdo a la ficha del museo. Eran los años de la Unión Soviética. No encontré, en mis investigaciones, quién era el dueño de la pintura de Laurens en ese momento.

El Emperador Maximiliano de México antes de ser fusilado es de esas gratísimas sorpresas que uno se encuentra durante las vacaciones al vagar por un museo sin las prisas de la cotidianidad. Si algún día se encuentra en San Petersburgo, le recomiendo ir a verlo. Es una bella pieza de arte acerca de un momento muy dramático de nuestra historia.