Trump. La dictadura de la estupidez

Por Alvaro López

Estados Unidos, uno de los países que a la fecha produce más conocimiento, que ha impulsado su progreso económico a través de la ciencia y la innovación, está siendo gobernado por quien representa lo completamente opuesto: el desdén por las élites intelectuales, y sobre todo, el desdén por la verdad.

Hace unos días el jefe de prensa Sean Spicer, en una puesta en escena que recuerda más a la Venezuela de Hugo Chávez que a un país desarrollado y todavía potencia mundial, reclamó de una forma altanera a la prensa por falsear -supuestamente- información para desacreditar la investidura de Donald Trump. Les reprochaba a diarios como The New York Times haber publicado imágenes supuestamente falsas donde el National Mall se veía muy desolado -a comparación de la investidura de Obama y la manifestación de #WomensMarch donde asistieron más personas-. Mostró una fotografía que aparentemente contradecía esa desolación que las otras fotos mostraban. Spicer afirmó alzando la voz que se había tratado de la investidura más concurrida y más vista de la historia.

Pero la realidad y los hechos le daban la razón a la prensa y no a Sean Spicer. Las fotografías no solo eran verdaderas, sino que la imagen presentada por la Casa Blanca mostraba una perspectiva engañosa, y si se le prestaba mucha atención se podía observar que los huecos-menos perceptibles por el ángulo- en la zona del National Mall que está más cercana al Monumento de Washington concordaban con las imágenes desoladoras que la prensa mostraba. De hecho no se necesitaba mucha ciencia para comprobar que Sean Spicer no estaba en lo correcto ni sus cifras eran correctas. Después, la consejera de Trump, Kellyanne Conway, al ser cuestionada por el hecho, afirmó que Spicer había presentado hechos alternativos -alternative facts-, afirmación que se ha vuelto simbólica para mostrar el compromiso que el gobierno de Donald Trump tiene con la verdad.
 
Cierto que los políticos mienten, pero Trump -que no es político- ha hecho de la mentira su bandera. Peor aún es su desdén hacia la razón y el conocimiento. Gran parte de sus propuestas, sobre todo las que tienen que ver con la economía y el cambio climático, desafían al conocimiento y a la razón. A pesar de que Estados Unidos no era un país perfecto y que ciertamente la clase media trabajadora blanca de Estados Unidos ha perdido poder adquisitivo, también es cierto que las cifras de Estados Unidos no reflejan ese país en el que insistió Trump. A pesar de esto, Trump repitió una y otra vez en la campaña que el país estaba al borde del abismo y que habría que hacer a su país “grande otra vez”. Repitió la mentira una y otra vez y la gente se lo creyó.

Trump también falla a la verdad y desdeña el conocimiento cuando promete regresar los empleos que se han ido de Estados Unidos cuando gracias a la mano de obra barata los ciudadanos estadounidenses pueden comprar productos a más bajo costo. Pero si hablamos de empleos perdidos, Estados Unidos tiene la cifra más baja de desempleo desde 2006 con tan sólo 4.4% de la población económicamente activa. Pero el discurso funciona, aunque no tenga relación alguna con la realidad.

El problema para Estados Unidos es que las mentiras no sólo fueron promesas de campaña, sino que ya se están convirtiendo en políticas públicas y decretos, lo cual compromete el destino de este país. En su gabinete -con un grado de educación alarmante menor al de Barack Obama- están personas iguales que él, que no entienden de conocimiento, que se oponen a las políticas relativas al cambio climático aunque la ciencia los contradiga.

Los muros, el proteccionismo de un país hegemónico -con toda la contradicción que eso implica- el racismo, la misoginia y la exclusión no sólo son manifestaciones de odio sino de irracionalidad. Esta es una dictadura de la estupidez porque Donald Trump quiere imponer medidas que van en contra de toda la lógica y la razón, que contradicen los principios y la historia de Estados Unidos. La filosofía Donald Trump consiste en desdeñar a la razón para apelar a lo más bajo del instinto humano, ahí está el racismo y la misoginia que estaba latente y que se ha manifestado en algunos estadounidenses porque sienten que ya tienen el derecho de serlo al no haber, dicen, una “corrección política” que los limite. Trump es la manifestación de lo más bajo de la cultura estadounidense, de sus defectos y sus vicios.

La estupidez no puede hacer grande a ningún país, por el contrario, el aumento de la estupidez es una manifestación inequívoca de la decadencia de una nación, como sucedió con Roma con aquellos emperadores que hicieron del ejercicio del poder -como Calígula- un capricho que fue erosionando a la otrora República hasta llevarla a su perdición. Ninguna nación puede darse el lujo de despreciar todo el progreso y el conocimiento que ha adquirido a través de los años.

El desconocimiento de las instituciones, de la geopolítica, de la economía y de la ciencia tan latente en Trump y su gobierno pone a su país en un severo riesgo. Mientras, los rusos y los chinos se sientan frotándose las manos a ver el espectáculo.